¿Qué puede haber más elocuente como expresión del mundo en
el tercer milenio que el jardín suburbano? Es un reflejo del modo en que
dominamos el planeta. Pero el peligro real del crecimiento urbano no es la
reconfiguración de nuestro entorno inmediato. El rechazo de nuestra especie a
la ciudad compacta en favor de un espacio vital lujoso ha dado como resultado
unas metrópolis con un hambre insaciable de más y más electricidad, gas,
combustible, agua, cemento y carrete- ras. La expansión urbana consume campo,
eso es seguro; pero también despilfarra recursos a escala monumental. El
urbanismo moderno, ba- sado en el uso del coche, ha alejado la vida de las
calles y ha impulsa- do una expansión de baja densidad poblacional que devora la
naturaleza. El coche ha sido el gran enemigo de lo urbano. Necesita más espacio
que cualquier otra cosa y representa más del 50 por ciento del uso del suelo en muchas ciudades, y mucho más en Los Angeles.
Hemos remodelado nuestras ciudades en torno a las necesidades del automóvil.
Moverse por una metrópolis de urbanización dispersa requiere un montón de
trayectos en coche; el resultado es más tráfico y con- taminación. A medida que
las metrópolis se derraman hacia fuera como camembert añejo, la distancia que
el estadounidense medio conduce al año ha alcanzado los diecinueve mil
trescientos kilóme- tros los tiempos en el transporte público se han triplicado
entre los años sesenta y finales del siglo xx. Al mismo tiempo, el porcentaje
de los ingresos domésticos que se destina a la compra de coches se ha
duplicado, hasta alcanzar el 20 por ciento. Durante un periodo de suburbanización
brutal y rápida extensión urbana, se encontró que, solo entre 1990 y 1995, el
tiempo que las madres de niños pequeños pasaban al volante aumentó un 11 por
ciento: las horas al volante superaban al total de las dedicadas a vestir, bañar
y alimentar un niño. Un 87 por ciento de los trayectos se hace en coche, una
cifra que no puede sorprender a nadie en un país en el que el automóvil es el
rey de la ciudad. El precio que se paga son cuarenta mil muertes al año en
accidentes de tráfico. También se paga un precio en la masa corporal de los
estadounidenses: en los años setenta, uno de cada diez era obe- so; ahora lo es
uno de cada tres. Las muertes por asma se han triplica- do desde los años
noventa. Si nos fijamos en otros lugares, Lagos también es el escenario de
grandes embotellamientos diarios y las personas que viajan para ir al trabajo
pasan una media de treinta horas a la semana atrapadas en tráfico lento. Tanto
Lagos como Ciudad de México viven bajo la amenaza de un colapso medioambiental
total. Y ahora que, desde los años noventa, China se ha convertido en una nación
de urbanización dispersa, suburbanización y propietarios de coches, el problema
ha devenido global.
La expansión urbana de baja densidad poblacional, las ciudades centradas en el automóvil y los estilos de vida cotidiana que llevan aparejados son el producto del combustible barato y dependen de él por completo. Por tanto, esa forma metropolitana tendrá un fin. Mien- tras tanto, la dependencia del coche ha convertido las ciudades en un motor de esmog, fragmentación medioambiental y cambio climático.
(SONIDOS DEL SUBURBIO) 408 409 en
BEN WILSON,
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